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El oficialismo debió aceptar modificaciones de último momento para evitar una nueva derrota parlamentaria. La intervención de legisladores provinciales y de Unión por la Patria permitió incorporar garantías de financiamiento y protección de las prestaciones. Sin embargo, la posibilidad de un veto presidencial mantiene en alerta a las organizaciones de personas con discapacidad.
La motosierra libertaria encontró otro obstáculo en el Congreso. Después de semanas de negociaciones, presiones políticas y movilizaciones de familiares, trabajadores y prestadores, el Gobierno de Javier Milei tuvo que resignar parte de su proyecto original sobre discapacidad. La Cámara de Diputados aprobó una nueva legislación con modificaciones reclamadas por distintos sectores, en una jornada que volvió a dejar expuesta la fragilidad de los acuerdos parlamentarios de La Libertad Avanza.
El presidente de la Cámara baja, Martín Menem, terminó aceptando cambios negociados por el diputado misionero Oscar Herrera Ahuad y representantes de Unión por la Patria. El resultado fue una iniciativa que incorpora previsiones de financiamiento y garantías para las prestaciones, aunque todavía deberá atravesar otras instancias institucionales antes de convertirse en una solución definitiva.
Un retroceso obligado por la falta de votos
La estrategia oficialista había sido presentar una alternativa a la prórroga de la Ley de Emergencia en Discapacidad, cuya vigencia finaliza el 31 de diciembre de 2026. Bajo el argumento de construir un sistema más eficiente y sostenible, el Ejecutivo impulsaba modificaciones que generaron fuertes cuestionamientos entre las organizaciones del sector.
El proyecto contemplaba restricciones en el acceso a pensiones, cambios en su compatibilidad con el trabajo registrado y modificaciones en el sistema de actualización de los aranceles que cobran los prestadores.
Pero los números no cerraban. Legisladores del PRO, la UCR y bloques provinciales comenzaron a reclamar modificaciones sustanciales y advirtieron que, sin garantías concretas, podían rechazar la propuesta oficialista y acompañar la extensión de la emergencia.
Frente a ese escenario, el Gobierno eligió negociar antes que exponerse a una nueva derrota. La decisión reveló las dificultades del oficialismo para sostener sus iniciativas más controvertidas incluso entre sectores que habitualmente acompañan sus proyectos.
Pensiones, prestaciones y financiamiento: los puntos de conflicto
Uno de los principales cuestionamientos estaba relacionado con la situación de las personas que perciben pensiones no contributivas y buscan incorporarse al mercado laboral.
Las organizaciones advertían que una incompatibilidad rígida entre el beneficio y el empleo formal podía terminar castigando precisamente a quienes intentan conseguir mayor autonomía económica.
Otro eje central fue el financiamiento de las prestaciones. Centros de día, servicios de rehabilitación, acompañantes terapéuticos y transportistas vienen denunciando las consecuencias del atraso arancelario y el incremento de sus costos operativos.
En ese contexto, los bloques dialoguistas exigieron mantener un nomenclador único de prestaciones, establecer mecanismos de actualización y reconocer las deudas acumuladas con los prestadores.
También reclamaron que los recursos destinados al sector estuvieran claramente identificados dentro del Presupuesto nacional, para evitar que las partidas quedaran diluidas en asignaciones generales del Ministerio de Salud.
La aprobación del nuevo texto representa una concesión legislativa del oficialismo, aunque su alcance efectivo dependerá de la redacción definitiva, el tratamiento posterior y la disponibilidad real de fondos.
La movilización social volvió a marcar la agenda
Mientras en el Congreso se negociaban artículos y votos, las organizaciones de discapacidad sostenían sus reclamos en las calles.
Familias, profesionales, transportistas y entidades sociales volvieron a movilizarse para exigir la continuidad de las prestaciones y la protección de los derechos conquistados.
El Foro Permanente por los Derechos de las Personas con Discapacidad había rechazado la propuesta original del Gobierno por considerar que podía significar un retroceso respecto de la legislación de emergencia.
La presión social fue acompañada por sectores de la Iglesia y representantes políticos que cuestionaron la posibilidad de convertir los derechos de las personas con discapacidad en una variable de ajuste presupuestario.
La discusión, entonces, dejó de ser exclusivamente económica. También puso sobre la mesa una pregunta política y social: hasta dónde puede avanzar una política de reducción del gasto público cuando están comprometidos servicios esenciales para miles de personas y sus familias.
El fantasma del veto presidencial
La aprobación en Diputados no significa que el conflicto esté resuelto.
Desde antes de la sesión circulaba entre los legisladores la preocupación por una eventual intervención de Javier Milei para bloquear total o parcialmente las disposiciones que contradigan los objetivos fiscales del Ejecutivo.
La posibilidad de un veto mantiene abierta una disputa que ya atravesó movilizaciones, negociaciones parlamentarias y enfrentamientos entre el Gobierno y las organizaciones.
El oficialismo enfrenta así una contradicción política: necesita construir mayorías legislativas para avanzar con su programa económico, pero algunas de las concesiones necesarias para conseguir esos votos chocan con el esquema de reducción del gasto que defiende la Casa Rosada.
El resultado es un equilibrio inestable entre las exigencias del Ministerio de Economía, las demandas de los aliados y la resistencia de los sectores afectados.
Una derrota política que deja una advertencia
Lo ocurrido en Diputados tiene una dimensión que supera la discusión específica sobre discapacidad.
El Gobierno volvió a comprobar que la disciplina fiscal, convertida en el principal argumento de su gestión, no alcanza por sí sola para garantizar respaldo parlamentario cuando las medidas afectan derechos sociales sensibles.
La oposición, los bloques provinciales y las organizaciones consiguieron modificar una iniciativa que, en su formulación original, despertaba fuertes resistencias.
Sin embargo, el desafío más importante todavía está pendiente: transformar los compromisos legislativos en recursos efectivos, prestaciones garantizadas y condiciones de vida dignas.
Porque detrás de cada artículo discutido en el Congreso hay personas que necesitan tratamientos, familias que dependen de servicios de apoyo y trabajadores que sostienen diariamente un sistema atravesado por dificultades económicas.
Milei consiguió evitar una derrota legislativa inmediata, pero debió pagar un costo político: aceptar que su proyecto original no reunía los consensos necesarios.
Y mientras el Gobierno calcula votos, partidas presupuestarias y posibles vetos, las organizaciones mantienen una exigencia que atraviesa toda la discusión: que la discapacidad deje de ser tratada como un gasto a recortar y sea reconocida como una cuestión de derechos que el Estado tiene la obligación de garantizar.