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En una nueva demostración de su distancia con la realidad cotidiana, el Presidente negó que millones de argentinos tengan dificultades para llegar a fin de mes. Desde Neuquén, ante empresarios petroleros, calificó el reclamo como una “pelotudez” y responsabilizó al kirchnerismo y a los medios. Sin embargo, una encuesta revela que el 65,3% de la población agota sus ingresos antes del día 20 y que el endeudamiento se convirtió en una herramienta de supervivencia.
Hay algo que Javier Milei parece no comprender: cuando una familia argentina dice que no llega a fin de mes, no está anunciando que dejará de respirar, comer o beber durante diez días. Está diciendo que el sueldo no alcanza, que la tarjeta de crédito está al límite, que las cuotas se acumulan y que cada visita al supermercado exige hacer cuentas para decidir qué producto queda afuera del changuito.
Pero el Presidente tiene otra interpretación. Para él, las dificultades económicas de millones de argentinos parecen ser una construcción discursiva del kirchnerismo y de los medios de comunicación.
Durante su participación en la Argentina Oil & Gas Expo Patagonia 2026, realizada este lunes 19 de octubre en Neuquén, Milei volvió a protagonizar una polémica al cuestionar los relevamientos que muestran el deterioro de los ingresos familiares.
Frente a empresarios del sector energético, el mandatario lanzó una pregunta que rápidamente se convirtió en el centro de la controversia:
“Si se quedan sin plata verdaderamente al día 20, ¿me pueden decir cómo hacen para vivir 10 días sin comer y sin beber?”.
Lejos de reconocer que las familias recurren al endeudamiento, reducen consumos o postergan gastos esenciales, Milei calificó la expresión sobre las dificultades para llegar a fin de mes como una tontería y acusó al kirchnerismo de instalarla en el debate público.
La Argentina que el Presidente no ve
La afirmación presidencial contrasta con los resultados del Monitor de Opinión Pública de septiembre, elaborado por la consultora Zentrix.
65,3%
Agota sus ingresos a más tardar el día 20.
56,2%
Recurrió al crédito durante los últimos seis meses.
La situación es todavía más preocupante entre los jóvenes, donde el porcentaje de quienes no logran sostener sus ingresos durante todo el mes alcanza el 72%. Entre los sectores de menores recursos, la cifra asciende al 83,3%.
Es decir, el problema que Milei considera una exageración política afecta a una proporción considerable de la población.
Y la respuesta a la pregunta presidencial es bastante más sencilla de lo que supone: los argentinos sobreviven endeudándose.
Pagan alimentos en cuotas, refinancian saldos de tarjetas, solicitan préstamos personales, postergan vencimientos y recurren a familiares para cubrir necesidades básicas.
No se trata necesariamente de personas que dejaron de percibir ingresos. Muchas trabajan, cobran sus salarios y, aun así, no consiguen cubrir todos sus gastos mensuales.
El endeudamiento como forma de supervivencia
Durante años, el crédito fue presentado como una herramienta para financiar proyectos, comprar bienes durables o mejorar las condiciones de vida.
Hoy, para numerosos hogares, se convirtió en un recurso para afrontar gastos corrientes.
La diferencia es sustancial.
Una familia que necesita financiar la compra de alimentos no está necesariamente ampliando su capacidad de consumo. Puede estar trasladando al mes siguiente un gasto que sus ingresos actuales no le permiten cubrir.
Ese mecanismo tiene consecuencias acumulativas: los intereses aumentan las obligaciones futuras y reducen el dinero disponible para nuevas necesidades.
Así se construye una rueda difícil de detener. El salario llega, se pagan deudas anteriores y lo que queda vuelve a resultar insuficiente.
La pregunta que debería hacerse el Gobierno no es cómo sobreviven las familias después del día 20, sino cuánto les cuesta sobrevivir y qué sacrificios deben realizar para conseguirlo.
La inflación baja en los discursos, pero los precios siguen subiendo
El Presidente defendió una vez más el programa económico de su administración y reivindicó el equilibrio fiscal como uno de sus principales logros.
Sin embargo, los indicadores muestran que la estabilización macroeconómica no se traduce automáticamente en una mejora de la capacidad de compra de todos los hogares.
Según el INDEC, la inflación de septiembre de 2026 fue del 1,9%, con un incremento interanual del 33,4% y una suba acumulada del 23,6% durante los primeros nueve meses del año.
Los rubros vinculados a la vivienda, los servicios públicos, la educación y la salud registraron aumentos que continúan presionando sobre los presupuestos familiares.
La inflación puede desacelerarse sin que los precios bajen. Y cuando los ingresos no acompañan esa evolución, la pérdida de poder adquisitivo sigue condicionando la vida cotidiana.
El consumo también contradice el relato oficial
El deterioro de la capacidad de compra encuentra otra expresión en el comercio.
Las ventas minoristas de las pequeñas y medianas empresas durante el Día de la Madre registraron una caída interanual del 1,4% a precios constantes, según los datos difundidos por el sector.
Ni las promociones ni las alternativas de financiación consiguieron revertir esa tendencia.
El dato adquiere relevancia porque se trata de una fecha tradicionalmente asociada a un aumento de las compras.
La contracción del consumo refleja un fenómeno que atraviesa a distintos sectores sociales: los hogares priorizan gastos indispensables y reducen aquellos que pueden postergar.
Detrás de cada venta que no se concreta también hay comercios que pierden facturación, trabajadores que enfrentan incertidumbre y pequeñas empresas que deben sostener sus costos en un mercado debilitado.
De la macroeconomía al plato de comida
La controversia pone de manifiesto dos maneras profundamente diferentes de interpretar la economía.
Para Milei, la reducción del déficit, la estabilidad monetaria y las perspectivas de inversión constituyen pruebas de que su programa avanza en la dirección correcta.
Para millones de familias, en cambio, la economía se mide de otra manera: cuánto cuesta llenar la heladera, pagar el alquiler, comprar medicamentos o mantener a los hijos en la escuela.
Ambas dimensiones pueden analizarse, pero una no elimina a la otra.
El equilibrio fiscal no demuestra, por sí solo, que todos los hogares puedan satisfacer sus necesidades. Tampoco el hecho de que una persona continúe alimentándose significa que sus ingresos sean suficientes.
Confundir supervivencia con bienestar es uno de los problemas centrales del razonamiento presidencial.
La pobreza tampoco se mide por la cantidad de personas que mueren de hambre. Se evalúa a partir de parámetros relacionados con ingresos, necesidades básicas y condiciones materiales de vida.
Según el INDEC, la pobreza alcanzó al 32,3% de la población durante el primer semestre de 2026, mientras que la indigencia se ubicó en el 7,5%.
Contra los medios y el kirchnerismo
En lugar de concentrar su intervención en las dificultades reveladas por los relevamientos, Milei volvió a cargar contra sus adversarios políticos y contra los medios de comunicación.
El Presidente responsabilizó al kirchnerismo por la difusión de la expresión que cuestionaba y sostuvo que determinados sectores buscan manipular la percepción social sobre la economía.
La estrategia no resulta novedosa.
Cada vez que aparecen indicadores que contradicen el optimismo oficial, el Gobierno suele cuestionar las interpretaciones críticas y señalar motivaciones políticas detrás de ellas.
Sin embargo, discutir el origen de una frase no resuelve el problema que esa frase describe.
La pérdida de poder adquisitivo, el endeudamiento familiar y las dificultades para afrontar los gastos cotidianos pueden medirse y analizarse independientemente de quién los denuncie.
Y ninguna descalificación modifica el saldo de una cuenta bancaria.
La distancia de Milei con la vida cotidiana
El episodio de Neuquén deja una imagen política difícil de ignorar.
Mientras el Presidente exponía ante empresarios del sector energético las perspectivas de crecimiento y las oportunidades de inversión, buena parte de la discusión pública giraba alrededor de una pregunta mucho más elemental: cómo hacen las familias para cubrir sus necesidades durante los últimos días del mes.
La contradicción resume una de las principales tensiones de la Argentina actual.
El Gobierno exhibe indicadores macroeconómicos que considera exitosos, pero enfrenta dificultades para explicar por qué esos resultados no se reflejan con la misma intensidad en los bolsillos de amplios sectores de la sociedad.
Y cuando la respuesta presidencial consiste en desacreditar el problema, la distancia política se profundiza.
Porque no llegar a fin de mes no significa necesariamente quedarse sin comer durante diez días. Significa pedir prestado, comprar menos, reemplazar productos, atrasarse con las cuentas o resignar necesidades.
La verdadera pregunta no es cómo hacen los argentinos para sobrevivir cuando se les termina el dinero. La pregunta es por qué, después de trabajar durante todo un mes, tantos argentinos necesitan endeudarse para seguir viviendo.
Quizás esa sea la discusión que el Presidente debería afrontar.
Porque las estadísticas pueden discutirse, las políticas económicas pueden defenderse y los resultados pueden interpretarse de diferentes maneras. Pero hay una realidad que ningún discurso consigue borrar: para millones de argentinos, llegar a fin de mes sigue siendo una preocupación cotidiana.
Y eso no es una consigna partidaria. Es un problema económico y social que exige respuestas.