El frío de finales de junio cala hondo en las calles de Buenos Aires, pero golpea con una crueldad particular en los bolsillos de los jubilados. Mientras el Gobierno de Javier Milei se reconfigura a las apuradas en los despachos oficiales para tapar los desmadres de su propia gestión, la ventanilla de la ANSES anuncia un magro incremento en los haberes de julio. Una suba que, lejos de ser un alivio, se presenta como una burla sistemática empaquetada en planillas técnicas. El relato oficial de la recuperación económica se estrella, una vez más, contra la helada realidad de los mostradores de cobro.
Para el ecosistema libertario, los jubilados nunca fueron individuos con historias o necesidades, sino números en un Excel que había que "licuar" para alcanzar el fetiche del superávit.
El goteo de la miseria programada
La suba anunciada impacta de manera directa en el haber mínimo, la PBU, la PUAM y las asignaciones familiares. Sin embargo, los nuevos montos y topes se licúan antes de nacer bajo una inflación que el discurso oficial insiste en dar por derrotada. El incremento funciona apenas como un analgésico vencido ante un ajuste feroz que convierte la vejez en una carrera de obstáculos por la subsistencia, con el dólar blue en constante tensión.