A las ocho y media de la mañana, los pasillos de Comodoro Py tenían el aspecto de siempre: empleados con expedientes bajo el brazo, abogados apurados mirando el celular y policías que repetían una rutina aprendida de memoria. Afuera, Buenos Aires seguía su ritmo. Adentro, la Justicia se preparaba para otra audiencia de la causa Cuadernos, ese expediente que durante casi una década fue presentado como el mayor caso de corrupción de la historia argentina.
Entonces ocurrió algo que nadie había previsto.
—¿Usted trabajó en la AFIP en 2018? —preguntó la fiscalía.
—No.
Hubo un silencio breve, incómodo.
—¿Nunca trabajó en la AFIP?
—No.
El hombre respiró hondo, miró a los jueces y lanzó una frase que congeló la sala.
—¿Puedo aclarar algo? Se equivocaron de Juan Carlos.
No era el testigo.
Era un homónimo.
Había regresado del exterior para cumplir con una citación judicial cuyo motivo jamás le habían explicado. Recibió un mensaje, entendió que la Justicia lo convocaba y obedeció. Solo cuando comenzó el interrogatorio comprendió que la persona que buscaban tenía su mismo nombre, pero otra historia, otra profesión y otra vida. El tribunal pidió disculpas por el error y la audiencia quedó suspendida mientras intentaban encontrar al verdadero convocado. (Página|12)
La escena podría pertenecer a una comedia de enredos. Sin embargo, sucedió en uno de los procesos judiciales más importantes y controvertidos de la política argentina.
Y por eso dejó de ser una anécdota.
El error que expuso algo más profundo
Las grandes causas judiciales suelen construirse sobre relatos de precisión absoluta. Fechas, movimientos bancarios, llamadas telefónicas, planillas, peritajes y testimonios conforman un mecanismo donde cada pieza debería ocupar un lugar exacto.
Pero basta una equivocación aparentemente menor para que todo el edificio muestre sus grietas.
Un nombre mal identificado.
Una citación enviada a la persona equivocada.
Un ciudadano que cruza fronteras convencido de que la Justicia necesita escucharlo y descubre, frente a tres jueces, que nadie sabe realmente por qué está allí.
El episodio provocó sorpresa entre magistrados, fiscales, defensores y hasta entre quienes siguen el juicio desde hace años. No se trató solamente de un error administrativo; fue una escena que sintetizó el nivel de desorden que puede alcanzar un expediente de dimensiones extraordinarias. (Página|12)
La causa que nunca dejó de dividir al país
La causa Cuadernos nunca fue un expediente judicial más.
Desde su aparición en 2018 se transformó en un símbolo político. Para unos, representa la prueba más contundente de una estructura sistemática de corrupción durante los gobiernos kirchneristas. Para otros, constituye el ejemplo más acabado de una estrategia de persecución judicial y mediática conocida como lawfare.
En ese escenario, cada audiencia adquiere una dimensión que excede lo jurídico. Cada testigo, cada documento y cada decisión son observados con una intensidad poco frecuente, porque detrás de ellos se proyectan dos relatos completamente opuestos sobre la historia reciente del país.
Por eso, cuando un tribunal convoca al hombre equivocado, el episodio deja de ser un simple papelón burocrático. Se convierte en una metáfora involuntaria.
El juicio de las preguntas
Mientras el homónimo abandonaba la sala después de aceptar las disculpas del tribunal, quedaba flotando una pregunta incómoda.
Si un error tan elemental puede ocurrir en la identificación de un testigo, ¿qué nivel de confianza merece el resto del procedimiento?
La respuesta no invalida automáticamente una investigación ni determina el resultado del juicio. Pero sí alimenta las dudas de quienes, desde hace años, cuestionan la forma en que se construyó la causa y el rigor con el que fueron obtenidas muchas de sus pruebas.
No es casual que las defensas hayan convertido cada inconsistencia en parte central de su estrategia. Tampoco sorprende que la fiscalía procure minimizar estos episodios y continuar con la reconstrucción patrimonial y contable que intenta sostener la acusación. (Página|12)
Una escena difícil de olvidar
Quizá dentro de algunos años pocos recuerden el nombre del hombre que ocupó el lugar equivocado frente al tribunal.
Pero la imagen permanecerá.
Un ciudadano de 73 años, sentado ante los jueces, explicando con absoluta naturalidad que él no era la persona que buscaban.
Una audiencia detenida por un homónimo.
Magistrados sorprendidos.
Fiscales desconcertados.
Y una de las causas judiciales más trascendentes de la Argentina obligada, por unos minutos, a detener su marcha porque la Justicia había citado al testigo correcto... con el nombre correcto... pero a la persona equivocada.
En un expediente atravesado durante años por disputas políticas, controversias probatorias y acusaciones cruzadas, ese instante dejó una enseñanza tan incómoda como inevitable: cuando la realidad supera a la ficción, la credibilidad también entra a declarar.