Milei Caputo. FOTO: AFP

El vendedor y la vidriera vacía Milei recorre el mundo ofreciendo una Argentina que los inversores todavía no compran

En los salones alfombrados de Madrid, en los auditorios empresariales de Estados Unidos y en los encuentros privados donde abundan los trajes oscuros y las tarjetas corporativas, Javier Milei repite la misma frase.

Argentina está abierta a los negocios.

La pronuncia con entusiasmo de predicador. Habla de libertad económica, de desregulación, de impuestos reducidos, de un Estado en retirada. Promete un territorio virgen para el capital global. Un laboratorio libertario en tiempo real.

Pero mientras el Presidente vende el producto, los números cuentan otra historia.

La escena tiene algo de novela latinoamericana. El vendedor golpea puertas alrededor del mundo ofreciendo una mercancía que, en teoría, debería despertar codicia. Sin embargo, cuando se revisan los registros de inversión, las fábricas, los parques industriales y el mercado laboral, aparece una paradoja incómoda: la economía puede mostrar algunos indicadores de estabilización financiera, pero la inversión productiva sigue sin llegar con la intensidad prometida.

Los economistas suelen decir que el capital es cobarde.

No invierte donde hay discursos.

Invierte donde hay demanda.

Invierte donde hay perspectivas de ganancias.

Invierte donde existen consumidores capaces de comprar lo que se produce.

Y ahí aparece el principal problema del experimento libertario.

El ajuste funcionó como una gigantesca aspiradora de ingresos. La inflación bajó respecto de los niveles explosivos heredados, pero el costo fue una economía donde buena parte del mercado interno quedó anestesiado. Comercios vacíos, industrias trabajando por debajo de su capacidad y sectores enteros sobreviviendo gracias a la expectativa de una recuperación que demora más de lo previsto.

El Gobierno responde con un argumento sencillo.

Hay que esperar.

Las inversiones llegarán.

Siempre están por llegar.

Llegarán después del equilibrio fiscal.

Después de la salida del cepo.

Después de la próxima reforma.

Después del próximo viaje presidencial.

Después del próximo foro empresario.

Siempre después.

Mientras tanto, los desembolsos privados continúan mostrando debilidad y la economía acumula varios trimestres con dificultades para consolidar una recuperación inversora sostenida. Incluso algunos indicadores externos comenzaron a encender luces amarillas. El país volvió a registrar déficit de cuenta corriente, una señal de que los dólares que salen pueden estar creciendo más rápido que los que ingresan.

La contradicción es visible.

Milei gobierna como si el problema argentino fuera exclusivamente político.

Como si bastara con eliminar regulaciones para que aparezcan empresarios haciendo fila en Ezeiza con chequeras millonarias.

Pero la historia económica enseña algo distinto.

Las inversiones masivas no nacen únicamente de la confianza ideológica. También necesitan infraestructura, mercado, estabilidad de largo plazo, crédito, consumo y previsibilidad institucional.

Ningún empresario serio invierte miles de millones porque un presidente dio un discurso atractivo en una conferencia internacional.

Invierte cuando cree que podrá recuperar el dinero.

Y esa certeza todavía no aparece.

Por eso el contraste se vuelve cada vez más evidente.

Mientras Milei acumula millas aéreas, la economía real acumula interrogantes. Mientras las giras presidenciales multiplican las fotografías con empresarios, las estadísticas muestran una inversión que sigue lejos del despegue prometido.

El Gobierno insiste en que la transformación será histórica.

Sus críticos responden que los capitales observan desde lejos.

Y los mercados, como ocurre tantas veces, parecen votar con los dólares antes que con los aplausos.

Quizás allí resida el dato político más importante de este momento.

El proyecto libertario ganó la batalla del relato.

Convenció a una parte significativa de la sociedad de que Argentina debía cambiar radicalmente.

Pero una cosa es ganar una elección.

Otra muy distinta es convencer a quienes arriesgan dinero.

Porque el capital puede simpatizar con las ideas.

Pero solamente se enamora de los negocios.

Y hasta ahora, detrás de los discursos, los viajes y las promesas de prosperidad inminente, la gran lluvia de inversiones sigue siendo una postal del futuro.

Una de esas que siempre parece estar llegando en el próximo vuelo.

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