La diferencia entre varones y mujeres en la valoración del Gobierno alcanzó niveles inéditos. Las mujeres aprueban menos la gestión, confían más en el Estado y muestran mayor preocupación por el impacto de la crisis económica, la salud, la educación y las políticas sociales. Para Milei, el problema ya no parece ser solamente ideológico.
Hay una brecha que crece en silencio y que puede terminar hablando fuerte en las urnas. Mientras el Gobierno de Javier Milei conserva entre los varones un nivel de aprobación considerablemente mayor, las mujeres se alejan cada vez más de la gestión libertaria. Según los datos citados por fuentes periodisticas, solo una de cada tres mujeres valora positivamente al Gobierno, frente al 52 por ciento de los hombres. La diferencia llegó a 15 puntos porcentuales, un registro histórico.
El dato no es menor. Tampoco parece circunstancial.
Desde el comienzo de la presidencia de Milei las mujeres mostraron una valoración más negativa que los varones. Pero lo que inicialmente podía interpretarse como una diferencia relativamente acotada fue ampliándose hasta convertirse en una de las características más persistentes de la opinión pública argentina. La consultora Management & Fit registra actualmente una aprobación del 44 por ciento entre los hombres y del 29 por ciento entre las mujeres.
Dicho de otro modo: la motosierra no corta igual para todos y todas.
Una distancia que empezó antes de Milei
Las especialistas consultadas advierten que la brecha de género no nació con el actual Gobierno. La politóloga Shila Vilker señala que comenzó a hacerse visible en 2021 y que continuó desde entonces. Lara Goyburu, de Management & Fit, destaca que en sus mediciones nunca desapareció: hubo momentos en que se redujo, pero fundamentalmente porque cayó el respaldo masculino, no porque aumentara el apoyo de las mujeres.
Hay allí una pista importante.
El fenómeno no puede explicarse únicamente por una reacción frente a las políticas específicamente vinculadas con género. Existe una dimensión más profunda: cómo cada sector de la sociedad experimenta las consecuencias de las decisiones económicas y del repliegue del Estado.
Y en esa materia las mujeres parecen estar particularmente expuestas.
La crisis se siente en la cocina de cada casa
Julieta Waisgold aporta una interpretación central: el alejamiento de las mujeres de Milei no responde solamente a la llamada “agenda feminista”. Hay algo mucho más concreto: la agenda de la crisis.
Las mujeres siguen teniendo una participación decisiva en las tareas de cuidado, la administración cotidiana de los hogares, las compras, el seguimiento de los precios y la atención de cuestiones vinculadas con la salud y la educación.
Cuando aumenta el costo de vida, cuando conseguir un turno médico se vuelve más difícil, cuando desaparecen programas sociales, cuando se deteriora la escuela pública o cuando una familia debe decidir qué gasto puede postergar, la discusión sobre el Estado deja de ser una abstracción ideológica.
Se transforma en una cuestión cotidiana.
Por eso la explicación quizás sea menos sofisticada de lo que pretende buena parte del debate político: las mujeres no necesitan leer un manual de economía para saber si la economía funciona o no funciona. La encuentran todos los días en el supermercado, en la farmacia, en la escuela, en el transporte y en la cuenta bancaria.
El Estado sigue siendo importante
Los datos del Observatorio Pulsar de la UBA agregan otro elemento relevante.
El 50 por ciento de las mujeres presenta un perfil más favorable a la intervención estatal, frente al 46,4 por ciento de los varones. En sentido inverso, los hombres muestran una mayor inclinación hacia posiciones privatistas.
La diferencia también aparece cuando se pregunta por el papel del Estado para reducir las desigualdades económicas.
El 60 por ciento de las mujeres prefiere un país en el que el Estado tenga una participación activa para disminuir esas diferencias. Entre los varones, esa posición alcanza al 53,8 por ciento.
La brecha se vuelve todavía más evidente cuando aparece el empleo: la mitad de las mujeres considera que el Estado y las empresas públicas deberían generar la mayor parte de los puestos de trabajo, mientras que entre los hombres esa opción cae al 41,8 por ciento.
El dato choca de frente con el corazón del proyecto libertario.
Milei construyó buena parte de su identidad política alrededor de la reducción del Estado, la privatización, el ajuste del gasto y la idea de que la sociedad debe depender menos de las estructuras públicas.
Pero el problema es que una parte significativa de las mujeres parece estar mirando exactamente en dirección contraria.
La economía no se vota solamente con el bolsillo
Durante mucho tiempo se creyó que las elecciones se definían fundamentalmente por el bolsillo. Pero el bolsillo no es una entidad abstracta: tiene una vida cotidiana detrás.
Y esa vida cotidiana está atravesada por el trabajo doméstico, las tareas de cuidado, los hijos, los adultos mayores, las personas con discapacidad, la salud y la educación.
Por eso, cuando una política pública desaparece, el costo no necesariamente desaparece. Muchas veces se traslada hacia las familias y, dentro de ellas, hacia las mujeres.
La eliminación o debilitamiento de políticas estatales puede significar más tiempo de cuidado, más tareas domésticas, más gastos privados y más dificultades para sostener una actividad laboral.
En ese sentido, la discusión sobre el tamaño del Estado tiene una dimensión de género que el discurso libertario suele pasar por alto.
Milei y una identidad política masculina
Hay además una cuestión cultural.
Las especialistas, observan que el discurso de Milei también construyó una determinada identidad masculina. El rechazo al feminismo, los ataques contra la llamada “agenda woke”, el tono confrontativo y la reivindicación permanente de una política de combate pueden funcionar como elementos de identificación para determinados sectores de varones.
La estrategia no es exclusivamente en Argentina. En distintas partes del mundo, las nuevas derechas encontraron en sectores jóvenes y masculinos una base política particularmente receptiva a discursos contra el feminismo, el progresismo y las políticas de diversidad.
Milei hizo de esa confrontación una parte importante de su identidad.
El problema aparece cuando esa identidad política se encuentra con una sociedad en la que las mujeres representan aproximadamente la mitad del electorado.
Una cosa es movilizar a una comunidad política. Otra muy distinta es construir una mayoría nacional.
El futuro también se mira distinto
Hay un dato que debería preocupar todavía más al oficialismo.
Mora Jozami, de Casa3, encontró una diferencia significativa en la manera en que hombres y mujeres miran el futuro: mientras el 43 por ciento de los hombres lo hace con esperanza, entre las mujeres esa proporción cae al 25 por ciento. Entre ellas crecen la bronca, la desilusión y la angustia.
La política necesita construir futuro.
Y cuando un sector social comienza a mirar el futuro con desesperanza, la discusión deja de ser simplemente cuánto mide la imagen positiva de un presidente.
Una oportunidad que la oposición todavía no termina de aprovechar
El alejamiento de las mujeres de Milei representa una dificultad para el oficialismo, pero también plantea un desafío enorme para la oposición.
Porque tener un electorado que no está contento no significa automáticamente tener una alternativa electoral.
De hecho, una de las grandes preguntas que deja este escenario es quién podrá representar políticamente a esas mujeres.
Las fuerzas opositoras tienen allí una enorme oportunidad, pero también una responsabilidad: no reducir el fenómeno a una cuestión feminista ni suponer que todas las mujeres votarán automáticamente contra Milei.
La clave parece estar en cuestiones mucho más amplias: salarios, trabajo, jubilaciones, vivienda, educación, salud, seguridad, cuidado y expectativas de futuro.
La agenda de género puede formar parte de esa conversación, pero no la agota.
El fantasma de 2027
Con las elecciones presidenciales de 2027 cada vez más presentes en el horizonte político, la brecha de género adquiere una importancia estratégica.
Si la tendencia se mantiene, Milei podría enfrentar una dificultad estructural: su capacidad para construir una mayoría electoral entre los varones puede no alcanzar para compensar el rechazo creciente entre las mujeres.
La situación es todavía más significativa porque el oficialismo no parece haber encontrado una estrategia clara para revertir esa distancia.
La confrontación con el feminismo puede consolidar a quienes ya están convencidos, pero difícilmente alcance para conquistar a quienes están preocupadas por llegar a fin de mes, sostener una familia o conseguir atención médica.
Y ahí aparece la contradicción central del proyecto libertario.
Milei habla de libertad individual.
Muchas mujeres están preguntando quién se hace cargo cuando el individuo queda solo frente a una crisis.
El Gobierno todavía tiene tiempo para intentar modificar esa relación. Pero los números muestran que la distancia no es episódica.
Las mujeres se alejaron antes. Se alejaron más rápido. Y, sobre todo, no parecen estar alejándose por una sola razón.
Hay razones económicas, sociales, institucionales y culturales.
Mientras tanto, el Gobierno continúa apostando buena parte de su capital político a una identidad confrontativa que encuentra una recepción importante entre determinados sectores masculinos. Pero una estrategia que funciona para consolidar una base puede resultar insuficiente para ampliar una mayoría.
La historia electoral argentina ofrece múltiples ejemplos de gobiernos que fueron capaces de sostener altos niveles de apoyo en determinados segmentos sociales y, sin embargo, terminaron chocando contra una realidad electoral más amplia.
Hoy esa realidad tiene un dato que el oficialismo debería mirar con atención.
Las mujeres están cada vez más lejos de Milei.
Y si esa distancia continúa creciendo, puede convertirse en mucho más que una mala noticia para una encuesta.
Puede convertirse en uno de los grandes factores que definan la próxima elección presidencial.