La casa más antigua de la Patagonia que nació del sueño de una inglesa

La casa más antigua de la Patagonia que nació del sueño de una inglesa

Hay lugares que uno visita para conocer un paisaje.

Y hay otros a los que llega para escuchar una historia.

La Casa de Té Arrayán pertenece a esa segunda categoría.

Antes de que aparezca la primera taza de porcelana, antes incluso de que el aroma del té negro con frutos patagónicos comience a mezclarse con el perfume de los cipreses, el visitante entiende que está entrando en un sitio donde el tiempo decidió caminar más despacio.

Frente al inmenso espejo azul del lago Lácar, en las alturas de San Martín de los Andes, la Patagonia parece olvidar por un momento su fama de territorio salvaje para convertirse en un rincón de la campiña inglesa. La madera cruje bajo los pasos, una chimenea combate el frío cordillerano y las ventanas enmarcan una de esas postales que ningún fotógrafo consigue reproducir por completo. (El Destape)

El flechazo que cambió una montaña

La historia comienza lejos de la cordillera.

En 1936, una joven inglesa llamada Renée Dickinson llegó a la Patagonia para visitar a su hermano. Tenía apenas 26 años y, como tantos viajeros, creía que sería una estadía breve.

Entonces ocurrió algo que todavía hoy les sucede a quienes contemplan el lago Lácar desde esa ladera.

Se enamoró del paisaje.

No fue una fascinación pasajera. Decidió quedarse, obtuvo la concesión del terreno con el compromiso de desarrollar una propuesta turística y comenzó a construir una casa de té inspirada en las tradiciones británicas, pero profundamente integrada al bosque andino. Tres años más tarde, nacía Arrayán, la primera casa de té de la Patagonia, un edificio que con el tiempo sería reconocido como patrimonio histórico y arquitectónico de San Martín de los Andes. (LA NACION)

Más de ocho décadas después, el lugar conserva el espíritu de aquella pionera. Cambiaron los visitantes, cambiaron los caminos y cambió la Patagonia. Lo que permanece intacta es la sensación de que alguien imaginó este rincón para contemplar el atardecer con una taza humeante entre las manos.

Una ventana abierta al lago

Llegar hasta Arrayán ya forma parte de la experiencia.

El camino asciende entre coihues, lengas, alerces y cipreses. A medida que el bosque se abre, el lago Lácar aparece abajo, inmenso, con ese color azul profundo que cambia según la hora del día.

No hace falta hablar demasiado.

Los visitantes suelen detenerse unos segundos antes de entrar. Algunos sacan fotografías. Otros simplemente observan.

La verdadera bienvenida no la da el salón, sino el paisaje.

Y cuando finalmente uno cruza la puerta, entiende por qué este lugar ha sobrevivido al paso de las décadas sin perder su encanto.

La ceremonia del té

Aquí el té no se bebe con apuro.

Se disfruta como un ritual.

La carta reúne mezclas elaboradas con hojas provenientes de distintos países y aromas inspirados en frutos y hierbas de la Patagonia. La repostería continúa elaborándose con recetas tradicionales, muchas de ellas cocinadas en el histórico horno a leña que forma parte del edificio original. (Tripadvisor)

Cada mesa parece invitar a prolongar la sobremesa.

A mirar el lago.

A escuchar el viento.

A dejar que la tarde haga su trabajo.

La recomendación de la casa

Si es la primera visita, hay una elección que resume la esencia de Arrayán.

Pedir la Three Tier Tea Tower, la tradicional torre inglesa de tres niveles.

No es solamente una merienda; es una experiencia gastronómica completa. Incluye una selección de tés de especialidad, los clásicos scones recién horneados con crema y mermeladas artesanales, pequeños sándwiches, pâtisserie y tortas caseras que cambian según la temporada. Todo llega presentado en la clásica torre de porcelana que convirtió al servicio del five o'clock tea en un símbolo de la cultura británica. (Tripadvisor)

Para quienes prefieren sabores patagónicos, vale la pena acompañar el té con una porción de cheesecake de frutos rojos o una marquise de chocolate, dos de las especialidades más celebradas por los visitantes habituales. (LA NACION)

Un paseo para completar la experiencia

Después del té, el mejor plan no es marcharse.

A pocos metros comienza un sendero interpretativo de baja dificultad que atraviesa el bosque nativo del Parque Nacional Lanín. En apenas unos minutos de caminata aparecen nuevos miradores, árboles centenarios y rincones donde el silencio parece formar parte del paisaje. 

Es el cierre perfecto.

Porque Arrayán nunca fue solamente una casa de té.

Es la historia de una mujer que cruzó un océano siguiendo una intuición.

Es la historia de un paisaje capaz de cambiar el rumbo de una vida.

Y es también una invitación a recordar que, en tiempos donde todo sucede con urgencia, todavía existen lugares donde una taza de té puede durar toda una tarde.

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