Llega una mañana cualquiera, cuando las manos tardan más de la cuenta en entrar en calor o los pies parecen conservar el frío incluso después de ponerse medias gruesas. Al principio es apenas una molestia. Después aparece el picor. Más tarde, el enrojecimiento. Finalmente, la piel comienza a arder como si el cuerpo hubiera olvidado cuál es la temperatura correcta.
Es entonces cuando hacen su entrada los sabañones.
Aunque durante generaciones fueron considerados una consecuencia inevitable de los inviernos más rigurosos, hoy la ciencia sabe que detrás de esas pequeñas lesiones existe una reacción compleja del organismo. No se trata exactamente de una quemadura por frío ni de una congelación. Es la respuesta exagerada de los vasos sanguíneos cuando una zona del cuerpo permanece expuesta a bajas temperaturas y luego recupera el calor demasiado rápido.
La bióloga Carolina Castel explica que uno de los errores más frecuentes consiste en acercar inmediatamente las manos o los pies a una estufa, una chimenea o sumergirlos en agua muy caliente. La sensación de alivio es inmediata, pero ese cambio brusco de temperatura puede empeorar la inflamación y prolongar las molestias.
La recuperación, sostienen los especialistas, debe ser lenta.
El cuerpo necesita tiempo para que la circulación vuelva a funcionar con normalidad.
Por eso aconsejan calentar las extremidades de manera progresiva, utilizando ropa seca, guantes, medias térmicas o simplemente permaneciendo en un ambiente templado hasta que la temperatura corporal se estabilice.
Los sabañones aparecen con mayor frecuencia en los dedos de las manos, los pies, la nariz y las orejas, precisamente las zonas donde la circulación es más vulnerable al frío. Los síntomas pueden incluir picazón intensa, dolor, hinchazón y manchas rojizas o violáceas que, en la mayoría de los casos, desaparecen en una o tres semanas si no vuelven a repetirse las exposiciones al frío.
La prevención empieza antes de salir de casa
La mejor estrategia sigue siendo evitar que la piel llegue a enfriarse.
Vestirse por capas, utilizar calzado impermeable cuando hay humedad, mantener secos los pies y las manos y proteger las extremidades del viento son medidas sencillas que reducen considerablemente el riesgo.
También conviene evitar permanecer mucho tiempo con ropa mojada, ya que la humedad acelera la pérdida de calor corporal y favorece la aparición de estas lesiones.
Los especialistas recuerdan además que fumar puede empeorar el problema, porque la nicotina provoca una constricción de los vasos sanguíneos y dificulta aún más la circulación en las extremidades.
Cuándo consultar al médico
Aunque los sabañones suelen desaparecer sin dejar secuelas, existen situaciones que requieren atención profesional.
Si las lesiones presentan ampollas, úlceras, signos de infección, dolor intenso o no mejoran después de varias semanas, es recomendable realizar una consulta médica. Lo mismo ocurre cuando los episodios se repiten con frecuencia, ya que podrían estar asociados a trastornos circulatorios o enfermedades autoinmunes que requieren un diagnóstico específico.
Cada invierno deja sus propias historias. Algunas se escriben con bufandas, otras con paraguas y mates calientes.
Los sabañones, en cambio, recuerdan algo mucho más simple: el cuerpo tiene sus propios tiempos. Frente al frío extremo, la mejor ayuda no siempre llega desde una fuente de calor intenso, sino desde un gesto mucho más paciente. Darle al organismo la oportunidad de volver, poco a poco, a su equilibrio.