Los entrenadores también se enfrentan a sus propias ansiedades. No aparecen en las estadísticas.No se miden con GPS.No figuran en las transmisiones de televisión. Pero existen.
Y, a veces, pesan más que una pierna cansada en el minuto noventa.
Lionel Scaloni lo sabe. Lo aprendió en silencio, desde aquel primer día en que heredó una Selección que parecía un rompecabezas roto y terminó convirtiéndola en una obra colectiva que hizo feliz a un país entero.
Ahora vuelve a enfrentarse a un miedo distinto.
Quizá el más difícil de todos.
El miedo a tocar aquello que alguna vez fue perfecto.
Argentina está otra vez en las semifinales de un Mundial. No es una casualidad ni un milagro. Es la consecuencia de un ciclo extraordinario que lleva años construyendo una identidad basada en el compromiso colectivo, la solidaridad y una convicción inquebrantable. Sin embargo, el equipo llegó hasta aquí atravesando partidos mucho más sufridos de lo imaginado, con rendimientos individuales que abrieron interrogantes y con un cuerpo técnico obligado a evaluar cambios para el duelo decisivo frente a Inglaterra.
Los campeones también sufren el paso del tiempo.
No todos al mismo tiempo.
No todos de la misma manera.
Hay futbolistas que conservan la jerarquía cuando las piernas ya no responden igual. Otros necesitan menos minutos para seguir siendo decisivos. Algunos simplemente sienten que el cuerpo empezó a discutir con el calendario.
Ese diálogo silencioso es el que debe administrar Scaloni.
Y allí aparece la verdadera dificultad.
Porque un entrenador puede sacar del equipo a cualquier jugador.
Lo complicado es sacar a un héroe.
Los nombres que levantaron la Copa del Mundo en Qatar dejaron de ser únicamente futbolistas. Son parte de una memoria afectiva. Son la foto abrazada por millones de argentinos durante años. Son los que hicieron llorar a padres, hijos y abuelos en una misma tarde.
¿Cómo se le dice a uno de ellos que esta vez mirará el partido desde el banco?
No alcanza con tener razón.
Hace falta coraje.
Scaloni nunca fue un entrenador de frases grandilocuentes. Su liderazgo se construyó desde la serenidad y la confianza. Pero incluso él admitió después del sufrido triunfo sobre Suiza que el equipo no jugó como esperaba y que deberá mejorar para sostener el sueño del bicampeonato. (El País)
Los grandes técnicos no se distinguen por ganar cuando todo funciona.
Se distinguen cuando deben decidir entre el corazón y la evidencia.
Porque el fútbol es una mezcla extraña de memoria y presente.
La memoria dice que esos futbolistas cambiaron la historia.
El presente pregunta si todavía alcanzan para seguir cambiándola.
Y ninguna de las dos respuestas está completamente equivocada.
Quizá por eso el banco de suplentes, en estas horas, pese más que el vestuario.
Allí no esperan solamente jugadores.
Esperan egos.
Historias.
Trayectorias.
Amistades construidas durante años.
La Selección de Scaloni nunca fue un grupo de estrellas aisladas. Fue una familia deportiva. Y en las familias también llegan los momentos incómodos, aquellos en los que alguien debe aceptar un lugar distinto por el bien del conjunto.
Eso también es competir.
La semifinal contra Inglaterra tiene, además, un peso simbólico imposible de ignorar. No es un partido cualquiera. Es uno de esos cruces que arrastran décadas de recuerdos futbolísticos, emociones compartidas y capítulos imborrables de la historia de los Mundiales. Pero Scaloni sabe que el pasado no juega. Juegan once futbolistas que deberán responder al presente. (Houston Chronicle)
Los técnicos suelen decir que el fútbol se gana en la cancha.
Es cierto.
Pero antes se empieza a ganar en la intimidad.
En esa oficina donde una pizarra parece un tablero de ajedrez.
En ese instante en que alguien toma un marcador y borra un nombre para escribir otro.
Es un gesto pequeño.
Casi insignificante.
Sin embargo, puede cambiar el destino de un Mundial.
Tal vez ahí resida la grandeza de Scaloni. No en haber armado un equipo campeón, sino en comprender que ningún título concede inmunidad frente al paso del tiempo. Que el prestigio abre puertas, pero no juega los noventa minutos. Que la gratitud hacia quienes hicieron historia no puede convertirse en un obstáculo para seguir escribiéndola.
Porque el fútbol, como la vida, tiene una ley implacable.
La nostalgia emociona.
Pero los partidos siempre se juegan en tiempo presente.