El salón de conferencias de la Casa Rosada conserva ese olor rancio a café recalentado y cinismo institucional que treinta años de periodismo político me han enseñado a oler a kilómetros. En el atril debuta Adrián Ravier, el flamante portavoz elegido por Javier Milei para una misión imposible: actuar como si el Gobierno no se estuviera desmoronando bajo el peso de sus propios escándalos morales.
Afuera, la realidad argentina golpea con despidos masivos en Techint y jubilaciones de miseria. Adentro, el nuevo vocero ensaya una coreografía discursiva patética para enterrar el "Adornigate". Ante las preguntas incisivas de los acreditados, Ravier apela al viejo libreto del manual de autoayuda libertaria. Sostiene, con una seriedad impostada que roza el ridículo, que la renuncia de Manuel Adorni a la Jefatura de Gabinete fue una "decisión personal" para "enfrentar el proceso judicial como un ciudadano privado". La hipocresía gubernamental alcanza su clímax cuando el funcionario decreta que no hablará más del tema porque "no tiene que ver con la marcha del Gobierno".
La herencia de la casta propia
El relato oficial choca de frente con la causa judicial que investiga a Adorni por manipulación de testigos. "Te voy a dar todo el soporte que necesites, como hice con todos", se filtró en los pasillos. Esa es la verdadera cara de la administración Milei: una gestión que llegó prometiendo dinamitar los vicios de la política tradicional y terminó perfeccionando los mecanismos más oscuros del apriete institucional.
La salida de Adorni no es un gesto de transparencia republicana, sino el sacrificio urgente de un peón para blindar al Presidente. La llegada de Diego Santilli a la Jefatura de Gabinete expone el verdadero estado de debilidad del experimento libertario. Milei ha tenido que entregar las llaves operativas de su administración a la "casta" del PRO para evitar el naufragio legislativo. Mientras el oficialismo intenta redefinir su estrategia en el Congreso rodeado de gobernadores que ya exigen el cobro de favores, Ravier esquiva las miradas.
El Adornigate no es una página que se pueda pasar con una declaración formal desde un atril impecable. Es la mancha de aceite que sigue extendiéndose sobre un Gobierno que, desprovisto de su relato anticasta, empieza a mostrar el rostro descarnado de un burdo pacto de supervivencia política.