El gobierno de Javier Milei enfrenta un problema que durante mucho tiempo pareció ser uno de sus principales activos: el control de la conversación política en las redes sociales. La retracción de Santiago Caputo y de los grupos de trolls que acompañaron al oficialismo coincide con una caída de las menciones al Presidente y con mayores dificultades para instalar su propia agenda.
Durante buena parte de la gestión de Javier Milei, las redes sociales funcionaron como una extensión de la Casa Rosada. Allí se libraron batallas culturales, se construyeron adversarios, se amplificaron discursos y se convirtió cada enfrentamiento político en una oportunidad para consolidar la identidad libertaria.
Pero esa maquinaria parece haber comenzado a perder potencia.
Un informe publicado en medios periodisticos indican que entre febrero de 2025 y junio de 2026 Milei pasó de alcanzar uno de sus puntos máximos de presencia en las conversaciones digitales a ubicarse en un piso de menciones. El dato adquiere particular relevancia porque coincide con un repliegue de algunos de los principales operadores de la comunicación oficial.
El repliegue de Santiago Caputo
La figura de Santiago Caputo ocupó durante meses un lugar central en la construcción de la estrategia comunicacional del Gobierno. Su influencia excedió el diseño de mensajes institucionales: alrededor de su estructura se desarrolló buena parte de la estrategia digital que permitió al oficialismo disputar la agenda pública en X y otras plataformas.
Ese dispositivo atraviesa una etapa de retracción. La salida del centro de la escena de Caputo también habría tenido consecuencias sobre el funcionamiento de los grupos digitales que acompañaron al oficialismo.
La consecuencia es política: cuando disminuye la capacidad de una fuerza para instalar temas, sus adversarios comienzan a ocupar el espacio vacío.
La comunicación libertaria había construido una lógica sencilla pero efectiva: atacar, provocar, responder y volver a atacar. El objetivo no era solamente defender al Gobierno, sino mantener permanentemente a Milei en el centro de la conversación. Cada polémica podía convertirse en una oportunidad para reafirmar el liderazgo presidencial.
El problema aparece cuando esa fórmula deja de producir el mismo efecto.
Los trolls ya no alcanzan para controlar la conversación
Durante la primera etapa del gobierno, la militancia digital funcionó como una suerte de ejército de reacción rápida. Una declaración presidencial podía multiplicarse en cuestión de minutos. Un dirigente opositor podía convertirse en tendencia. Una crítica podía ser contestada por decenas de cuentas coordinadas.
La red permitía, de ese modo, generar la sensación de que el oficialismo tenía siempre la iniciativa.
Pero el escenario parece haber cambiado.
La propia crisis de la comunicación libertaria es reconocida por analistas políticos como una caída abrupta de la presencia digital de Milei y de sus ministros. En paralelo, el Presidente intensificó durante los últimos días sus publicaciones contra periodistas y dirigentes opositores, aunque esa ofensiva no habría conseguido recuperar el protagonismo perdido.
Es una diferencia importante.
No alcanza con publicar más si las publicaciones ya no consiguen ordenar la conversación. En política digital, la cantidad de mensajes no necesariamente equivale a influencia. El verdadero poder está en conseguir que otros hablen de aquello que el Gobierno quiere instalar.
Y allí aparece uno de los principales problemas actuales del oficialismo.
Del gobierno que marcaba la agenda al gobierno que responde
La comunicación de Milei tuvo durante mucho tiempo una característica: la capacidad de transformar cualquier coyuntura en una discusión sobre sus propios términos.
Ahora la dinámica parece invertirse.
El Gobierno debe responder a problemas económicos, cuestionamientos políticos, conflictos sociales y dificultades parlamentarias que compiten por la atención pública. Mientras tanto, la estrategia de confrontación permanente pierde capacidad para ocultar esas discusiones detrás de una nueva polémica.
La situación adquiere mayor importancia porque ocurre en un momento en que el oficialismo necesita fortalecer su posición política de cara al futuro electoral.
La Libertad Avanza busca avanzar, además, en acuerdos con el PRO para construir una alianza opositora al peronismo de cara a 2027. Pero las negociaciones todavía presentan diferencias y Mauricio Macri conserva capacidad de negociación dentro de ese espacio.
En ese contexto, perder centralidad en las redes no es un problema meramente comunicacional. Puede convertirse en un problema político.
Cuando la épica pierde fuerza
El fenómeno también plantea una pregunta más profunda: ¿qué sucede cuando un gobierno que construyó buena parte de su identidad sobre la confrontación comienza a perder capacidad para imponer los términos de esa confrontación?
Milei llegó al poder prometiendo romper con la política tradicional. Su lenguaje, sus insultos, sus enfrentamientos y su utilización intensiva de las redes fueron parte de una identidad política que encontró en internet un territorio especialmente favorable.
La comunicación presidencial dejó de ser una herramienta secundaria para convertirse en uno de los principales instrumentos de gobierno.
Por eso, la pérdida de influencia digital puede ser leída como un síntoma de algo más amplio: el desgaste de una fórmula política que durante un período logró convertir cada conflicto en una demostración de fuerza.
El problema no es que Milei haya dejado de publicar. El problema es que publicar ya no garantiza que el resto de la sociedad discuta en los términos que propone el Presidente.
La economía también entra en la conversación
El retroceso digital ocurre, además, mientras comienzan a acumularse señales económicas y sociales incómodas para el Gobierno.
Un informe publicado, advierte sobre la crisis laboral entre los menores de 25 años y señala que siete de cada diez jóvenes se encuentran fuera del empleo formal.
Al mismo tiempo, la discusión sobre el endeudamiento de los hogares y la morosidad empieza a ganar espacio en la agenda pública.
En ese escenario, la capacidad de las redes para imponer una discusión política alternativa resulta más difícil de sostener. Las experiencias concretas —el empleo, los ingresos, las deudas, los precios y las condiciones de vida— terminan compitiendo con la narrativa oficial.
Y esas experiencias no pueden ser neutralizadas indefinidamente con una campaña digital.
El desafío para Milei
El Presidente todavía conserva una enorme capacidad de generar atención. Cada aparición pública, cada discurso y cada publicación puede producir repercusiones inmediatas.
Pero una cosa es generar ruido y otra muy diferente es conservar el control de la agenda.
La diferencia puede parecer pequeña, pero en política resulta decisiva.
La crisis de la comunicación libertaria abre así un interrogante para la segunda etapa del gobierno: si la maquinaria digital que acompañó el ascenso de Milei pierde potencia, ¿con qué herramientas intentará el oficialismo reconstruir su capacidad de liderazgo?
La respuesta no parece estar solamente en las redes.
Porque cuando los trolls retroceden, cuando los operadores pierden protagonismo y cuando las consignas dejan de dominar la conversación, la política vuelve a encontrarse con aquello que ninguna maquinaria digital puede borrar completamente: los resultados de la gestión y la percepción cotidiana de la sociedad.
Y allí, precisamente, comienza la verdadera disputa por el poder.