Foto: La Nación

El país dejó de respirar por trece minutos

Hay un instante en el que un país entero descubre que el fútbol no se juega solamente sobre el césped. Ocurre en los livings, en los bares, en los colectivos detenidos en un semáforo, en las guardias de hospitales donde alguien baja el volumen de un monitor para escuchar el relato. Ocurre cuando el reloj parece correr más rápido que la esperanza.

Argentina estaba ahí.

Minuto 79. Dos goles abajo frente a Egipto. El Mundial escapándose por una puerta demasiado estrecha para un campeón del mundo. Lionel Messi acababa de cargar sobre los hombros el peso insoportable de un penal desperdiciado. La imagen era brutal: el mejor futbolista de su tiempo caminando con la mirada clavada en el césped mientras los egipcios empezaban a creer en la mayor sorpresa del torneo. (Página|12)

En ese momento, nadie estaba viendo solamente un partido.

Había familias enteras en silencio. Oficinas donde el trabajo había dejado de existir hacía rato. Escuelas que interrumpieron clases. Jubilados abrazados a una radio. Jóvenes mirando la transmisión desde un celular en una estación de tren. Un país suspendido sobre un hilo demasiado fino.

Y entonces apareció ese viejo misterio argentino.

No fue táctica. No fue estadística. No fue posesión de pelota.

Fue carácter.

Cristian Romero encontró un gol cuando el reloj ya empezaba a dictar sentencia. Apenas cuatro minutos después apareció Messi, como si hubiera decidido discutirle el destino al propio destino. El empate no fue un gol: fue un permiso para volver a creer. (Reuters)

Los egipcios sintieron que el partido se les escapaba entre los dedos. Argentina, en cambio, olió esa fragancia inconfundible de las gestas que parecen imposibles.

El tiempo agregado dejó de ser un descuento y se convirtió en territorio de leyendas.

Lautaro Martínez levantó la cabeza.

Enzo Fernández atacó el espacio.

El centro cayó con la precisión de las historias que parecen escritas antes de suceder.

El cabezazo terminó en la red.

Después vino el ruido.

O mejor dicho, los millones de ruidos.

El grito de un barrio completo. Los abrazos entre desconocidos. Los autos tocando bocina sin destino. Las lágrimas de quienes juraban que esta vez no iban a sufrir tanto. Las videollamadas entre continentes. Los mensajes que llegaron antes que el pitazo final.

Y Messi.

Porque el capitán lloró.

No lloró el genio que ganó ocho Balones de Oro. No lloró el campeón del mundo. Lloró el chico que todavía siente que cada Mundial puede ser el último y que ninguna victoria está garantizada. Su imagen con los ojos llenos de lágrimas terminó siendo la fotografía definitiva de una noche que desbordó cualquier análisis táctico. (Página|12)

Después vendrán los especialistas.

Hablarán de los cambios de Lionel Scaloni, de la presión alta, de las bandas, de las estadísticas, del porcentaje de posesión, de los goles esperados y hasta de las polémicas arbitrales que Egipto denunció tras el encuentro. (El País)

Pero ninguna planilla podrá explicar lo que ocurrió durante esos trece minutos.

Porque hay partidos que pertenecen a la ciencia del fútbol.

Y hay otros que terminan formando parte de la memoria colectiva.

Este fue uno de ellos.

Dentro de muchos años, cuando alguien pregunte dónde estaba aquella tarde en que Argentina remontó un 0-2 contra Egipto para seguir viva en el Mundial, la mayoría no recordará la alineación ni la posesión de balón.

Recordará el abrazo.

La lágrima.

El grito.

Y esa sensación irrepetible de haber visto a un equipo negarse, una vez más, a aceptar que la historia ya estaba escrita.

Porque los campeones, a veces, juegan al fútbol.

Y otras veces desafían al destino.

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