Javier Milei ha decidido plantar a los presidentes de la región para quedarse a apagar el incendio en su propio patio trasero. En un giro que expone la extrema fragilidad de su esquema de poder, el mandatario suspendió su viaje a Paraguay para la cumbre del Mercosur. En su lugar, eligió encerrarse a recibir a Flavio Bolsonaro y monitorear la jura de Diego Santilli como nuevo jefe de Gabinete.
La Casa Rosada ya no es el búnker de la pureza libertaria, sino el escenario de una capitulación política ante la "casta" tradicional.
La entrega de las llaves del Palacio
El desembarco de Santilli en la Jefatura de Gabinete representa un quiebre irreversible para la narrativa oficial. Tras la estrepitosa caída de Manuel Adorni, cercado por el escándalo de manipulación de testigos, el Gobierno tuvo que entregarle el control operativo del Estado al PRO. No se trata de una alianza estratégica, sino de una dolorosa transfusión de gobernabilidad para un oficialismo que se quedaba sin oxígeno.
El analista Jaime Durán Barba lo definió con precisión milimétrica al señalar que Santilli llega con "agenda propia". La jugada abre un frente de tensión paralela con Mauricio Macri, quien observa cómo el nuevo jefe de ministros se corta solo, escapando a su control directo. El expresidente mantiene intacto su "poder de daño", y en los pasillos de Balcarce 50 se sabe que los favores de la centroderecha tradicional nunca son gratis. Los gobernadores provinciales ya hacen fila para cobrar el peaje por sostener el andamiaje libertario.
Aislamiento externo, parálisis interna
Mientras la diplomacia regional se reúne en Asunción, Milei prefiere el calor de los sectores más radicales de la derecha brasileña. Prefiere la foto ideológica antes que la compleja negociación comercial y arancelaria con sus vecinos. Este repliegue fronteras adentro coincide con un momento económico asfixiante. El descontento social crece al ritmo de los despidos en firmas clave como Techint y la licuación sistemática de los haberes jubilatorios.
La ausencia internacional del Presidente no es un desplante de fuerza, sino un síntoma inequívoco de debilidad doméstica. El líder que prometía demoler el sistema político tradicional ha quedado atrapado en sus redes, obligado a cuidar su propio rebaño legislativo frente a una agenda parlamentaria que incluye reformas políticas estructurales y debates de salud mental. Desprovisto de la contención de su viejo vocero y tutelado por sus nuevos socios, Milei ensaya un aislamiento político defensivo para intentar salvar los restos de su proyecto económico.