El canciller Pablo Quirno. FOTO: Noticias Argentinas

Cuando la tragedia obliga a callar la ideología

Milei, Venezuela y el incómodo momento en que la realidad irrumpe sobre la guerra cultural

Las primeras imágenes llegaron antes que los comunicados.

Edificios abiertos como latas, columnas de humo sobre Caracas, familias enteras buscando sobrevivientes entre montañas de concreto. Mientras los rescatistas intentaban abrirse paso en una de las peores tragedias naturales que golpearon a Venezuela en décadas, la política regional quedó suspendida por unas horas bajo una regla elemental: frente a los muertos, incluso los enemigos deben medir sus palabras.

En Buenos Aires, sin embargo, la situación presentaba una complejidad particular.

Javier Milei construyó buena parte de su identidad internacional sobre una confrontación permanente con el chavismo. Durante años convirtió a Venezuela en un símbolo, en una pieza central de su narrativa ideológica. No era solamente un país vecino. Era la representación de todo aquello contra lo que decía luchar. Su política exterior transformó la relación con Caracas en una batalla cultural permanente.

Pero la naturaleza no entiende de relatos políticos.

Los terremotos que devastaron amplias zonas venezolanas dejaron cientos de víctimas, miles de heridos y una emergencia humanitaria de enorme magnitud. La destrucción obligó a los gobiernos del continente a reaccionar rápidamente, independientemente de sus diferencias diplomáticas.

Entonces apareció una escena que expone una de las contradicciones más frecuentes de la política contemporánea.

El mismo gobierno que durante meses convirtió a Venezuela en un blanco permanente de descalificaciones debió emitir mensajes de solidaridad y ofrecer asistencia humanitaria. No podía hacer otra cosa. La magnitud de la tragedia lo imponía.

La cuestión no es humanitaria. Eso resulta indiscutible.

La cuestión es política.

Porque cuando ocurre una catástrofe de semejante dimensión, queda al descubierto una verdad incómoda para los liderazgos construidos sobre la polarización extrema: los Estados siguen necesitando relacionarse entre sí más allá de las simpatías personales de sus presidentes.

Durante meses, la diplomacia libertaria intentó reducir la política internacional a una lógica binaria de amigos y enemigos. Democracias contra dictaduras. Libertad contra socialismo. Buenos contra malos. Una narrativa eficaz para las redes sociales, pero mucho más difícil de sostener cuando aparecen terremotos, crisis migratorias, emergencias sanitarias o conflictos regionales que exigen cooperación.

La tragedia venezolana recordó precisamente eso.

Mientras equipos de rescate de distintos países comenzaban a movilizar ayuda, la emergencia produjo algo inusual en una región atravesada por disputas ideológicas: una tregua humanitaria. Gobiernos que habitualmente no comparten posiciones políticas coincidieron en la necesidad de colaborar frente al desastre.

Para Milei, el episodio deja una enseñanza incómoda.

La política exterior no se administra desde un estudio de televisión ni desde una cuenta de X. Se administra desde la complejidad. Desde la necesidad de actuar incluso cuando el interlocutor es alguien con quien no se comparte absolutamente nada.

Los muertos bajo los escombros no preguntan por ideologías.

Los hospitales colapsados no distinguen entre libertarios y chavistas.

Las familias que buscan desaparecidos no necesitan discursos sobre socialismo o capitalismo.

Necesitan ayuda.

Y allí aparece la diferencia entre la propaganda y la responsabilidad institucional.

La primera vive de los antagonismos.

La segunda empieza cuando los antagonismos dejan de servir.

Por eso el terremoto venezolano terminó convirtiéndose también en un terremoto político. No por lo que ocurrió en Caracas, sino por lo que obligó a reconocer en Buenos Aires: que la realidad, tarde o temprano, siempre termina imponiéndose sobre las consignas.

Y que incluso los gobiernos que hacen de la confrontación una identidad descubren, frente a una tragedia humana, que existen límites que ninguna guerra cultural puede atravesar.

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