20th Century Studios Disney

Pandora entra al living

Avatar 3 y el extraño destino de las películas que nacieron para verse en una pantalla imposible

La primera vez que vimos Pandora parecía un milagro tecnológico.

La segunda vez parecía una confirmación.

La tercera vez comenzó a parecer una costumbre.

Y quizás allí se esconda el mayor desafío de James Cameron.

Porque "Avatar: Fuego y Ceniza" llega ahora al streaming después de recaudar casi 1.500 millones de dólares en los cines del mundo. Una cifra obscena para cualquier película. Una cifra extraordinaria para cualquier estudio. Una cifra que, sin embargo, resulta paradójica cuando se la compara con el propio pasado de Avatar.

Durante años, Hollywood soñó con encontrar la fórmula perfecta para fabricar acontecimientos globales.

Cameron la encontró.

La llamó Pandora.

Pero los acontecimientos tienen un problema: cuando se repiten demasiado, dejan de ser acontecimientos.

La tercera entrega de Avatar es una película gigantesca. Sus bosques bioluminiscentes siguen siendo hipnóticos. Sus criaturas parecen haber sido soñadas por un biólogo extraterrestre. Sus escenas de acción poseen una escala que la mayoría de los directores ni siquiera se atreve a imaginar.

Sin embargo, mientras uno contempla semejante despliegue visual, aparece una pregunta inevitable.

¿Puede una franquicia sobrevivir indefinidamente apoyada sobre la misma sensación de asombro?

La historia del cine está llena de sagas que confundieron éxito con eternidad.

Star Wars.

Jurassic Park.

Piratas del Caribe.

Todas creyeron haber descubierto una fuente inagotable.

Todas descubrieron que la fascinación también envejece.

Cameron parece consciente del problema.

Por eso en esta nueva entrega incorpora a los llamados "Ash People", una tribu Na'vi más oscura, agresiva y moralmente ambigua que las anteriores. Ya no se trata solamente de repetir el viejo enfrentamiento entre humanos invasores y nativos virtuosos. El director intenta complejizar un universo que corría el riesgo de convertirse en una postal turística de tres horas.

El resultado es curioso.

"Avatar 3" sigue siendo una experiencia visual descomunal.

Pero también es una película que revela los límites de su propia grandeza.

Cada nueva secuencia espectacular compite contra el recuerdo de otra secuencia espectacular que ya vimos.

Cada nueva criatura debe superar a criaturas anteriores.

Cada nueva batalla necesita ser más inmensa que la anterior.

Y llega un momento en que incluso la imaginación empieza a pagar intereses por el tamaño de sus ambiciones.

Por eso su desembarco en streaming tiene algo de experimento cultural.

Durante más de una década, Avatar fue el símbolo máximo del cine-espectáculo. Películas diseñadas para salas gigantes, proyectores de última generación y pantallas capaces de envolver al espectador.

Ahora esa misma obra aterriza en televisores domésticos, tablets y teléfonos móviles.

Es como intentar exhibir la Capilla Sixtina dentro de una caja de zapatos.

La pregunta ya no es si Avatar funciona en casa.

Funciona.

La pregunta es cuánto pierde en el viaje.

Porque Cameron construyó una filmografía basada en la inmensidad. Desde Titanic hasta Avatar, sus películas siempre necesitaron que el espectador levantara la cabeza para sentirse pequeño.

El streaming hace exactamente lo contrario.

Reduce el mundo al tamaño de una pantalla personal.

Tal vez por eso el estreno digital de "Fuego y Ceniza" sea mucho más que una simple novedad de catálogo.

Es la prueba definitiva para una franquicia que convirtió el espectáculo cinematográfico en religión.

Y que ahora debe demostrar que también puede sobrevivir cuando el templo desaparece.

Pandora ya no está en el cine.

Pandora está en el living.

Y esa puede ser la transformación más radical que haya enfrentado la saga desde que un marine parapléjico abrió por primera vez los ojos azules de un Na'vi.

Porque las grandes películas no sólo conquistan la taquilla.

También resisten cuando se apagan las luces.

Y ahí comienza, para Avatar, una nueva prueba.

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