Machín como el odontólogo Ricardo Barreda, femicida múltiple. Amazon Prime Video

“Barreda”La película dirigida por Daniela Goggi y protagonizada por Luis Machín

La película dirigida por Daniela Goggi y protagonizada por Luis Machín reconstruye la figura de Ricardo Barreda, el cuádruple femicida que asesinó a su esposa, su suegra y sus dos hijas. Pero la historia no se detiene en el crimen: también interroga la perturbadora fascinación social que despertó el asesino.

Hay historias criminales que parecen resistirse al paso del tiempo. No porque sus protagonistas merezcan ser recordados, sino porque obligan a volver sobre una pregunta incómoda: ¿qué dice una sociedad cuando transforma a un asesino en una figura popular?

Barreda, la película dirigida por Daniela Goggi y disponible en Prime Video, se adentra en uno de los casos policiales más estremecedores de la historia argentina reciente. Pero su mirada intenta escapar del camino más previsible. No busca solamente reconstruir la vida y el crimen de Ricardo Barreda, sino explorar el fenómeno social que se construyó alrededor de su figura.

El resultado es una historia que vuelve a colocar frente al espejo una época, una cultura y una manera de entender —o de justificar— la violencia contra las mujeres.

Luis Machín interpreta al odontólogo platense con una actuación contenida, alejada de los grandes gestos y de la caricatura. Esa elección resulta central para el relato: el monstruo no aparece como una criatura excepcional, sino como alguien capaz de habitar la aparente normalidad.

Y quizás allí resida una de las claves más inquietantes de la película.

Un crimen que atravesó a la sociedad argentina

El 15 de noviembre de 1992, Ricardo Barreda asesinó a escopetazos a su esposa, Gladys McDonald; a su suegra, Elena Arreche; y a sus hijas, Cecilia y Adriana, en la vivienda familiar de La Plata.

La brutalidad del crimen convirtió el caso en una noticia de enorme impacto nacional. Sin embargo, con el paso del tiempo, algo todavía más perturbador comenzó a ocurrir: alrededor del asesino se construyó una extraña forma de popularidad.

Barreda dejó de ser solamente el nombre de un femicida múltiple para convertirse, en determinados sectores, en un personaje atravesado por bromas, canciones, frases y hasta expresiones de simpatía.

La película de Goggi pone el foco precisamente en ese fenómeno.

¿Por qué una parte de la sociedad encontró argumentos para relativizar sus crímenes? ¿Por qué la violencia ejercida contra cuatro mujeres pudo ser interpretada por algunos como una especie de venganza contra una supuesta vida de humillaciones?

Las preguntas resultan incómodas porque no pertenecen solamente al pasado.

El peligro de convertir al asesino en personaje

El cine y las series dedicadas a criminales enfrentan siempre un desafío: cómo narrar el horror sin convertirlo en espectáculo.

Barreda parece construir su relato desde esa tensión.

La figura del asesino está presente, inevitablemente, pero el interés no se limita a descubrir qué ocurrió aquella tarde. La historia busca comprender el contexto cultural que permitió que, después de semejante crimen, surgieran discursos capaces de humanizar al victimario mientras las víctimas quedaban progresivamente relegadas.

Ese mecanismo es una de las cuestiones más profundas que atraviesa el relato.

Durante años, el caso fue contado desde la figura de Barreda. Su personalidad, sus conflictos familiares y sus declaraciones ocuparon el centro de la escena. Las cuatro mujeres asesinadas, en cambio, muchas veces quedaron reducidas a nombres dentro de una crónica policial.

La película obliga a revisar esa desigualdad en la construcción del relato.

Luis Machín y una actuación sin estridencias

La interpretación de Luis Machín evita la exageración.

No hay un intento de construir a Barreda como un villano cinematográfico de gestos grandilocuentes. Por el contrario, el actor trabaja sobre la contención y el minimalismo.

La decisión resulta efectiva porque desplaza la idea tranquilizadora de que los monstruos siempre son reconocibles.

El horror puede esconderse detrás de una rutina.

Puede vivir en una casa familiar.

Puede tener un trabajo, vecinos y una vida aparentemente convencional.

La violencia machista no necesita una apariencia extraordinaria para existir.

Una película sobre algo más que Barreda

La verdadera fuerza de la propuesta está en que el título no termina de explicar por completo su tema.

La película habla de Barreda, sí. Pero también habla de quienes lo escucharon, de quienes lo justificaron y de quienes encontraron motivos para construir alrededor suyo una imagen que relativizaba sus crímenes.

Habla de una sociedad atravesada por una cultura profundamente machista, en la que durante mucho tiempo la violencia dentro de los hogares fue considerada un asunto privado.

Y habla también de la transformación que produjo el movimiento de mujeres en la manera de nombrar estos crímenes.

Hoy resulta imposible mirar el caso sin hablar de femicidio.

Esa palabra cambió la perspectiva. Permitió comprender que determinados asesinatos no eran simplemente tragedias familiares o conflictos domésticos que habían terminado de la peor manera.

Eran la expresión extrema de una violencia sostenida sobre relaciones de poder y desigualdad.

La pregunta que sigue vigente

Más de tres décadas después del crimen, la historia de Ricardo Barreda continúa generando interés.

Pero Barreda intenta que esa curiosidad no sea inocente.

La película propone mirar nuevamente el caso para preguntarse qué ocurrió alrededor del asesino. Qué discursos circularon. Qué prejuicios permitieron justificar lo injustificable. Y por qué las víctimas necesitaron tanto tiempo para recuperar el lugar central que la historia les había quitado.

Allí está la diferencia entre contar un crimen y pensar lo que ese crimen revela.

El monstruo, parece sugerir la película, no necesitaba una máscara.

Y el verdadero desafío para quien observa la historia tampoco consiste solamente en reconocer la monstruosidad del asesino.

La pregunta más difícil es otra: qué parte de la sociedad estuvo dispuesta a mirar hacia otro lado, a justificarlo o, incluso, a convertirlo en un personaje.

En esa incomodidad reside la potencia de una película que no utiliza el pasado como una pieza de museo, sino como una herramienta para interrogar el presente.

Porque recordar a Barreda no debería significar alimentar la fascinación por el criminal.

Debería servir, ante todo, para recordar a Gladys, Elena, Cecilia y Adriana y para comprender que ninguna cultura que banalice la violencia contra las mujeres puede considerarse definitivamente a salvo de repetirla.

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